Este año decidí empezar a aprender ruso. Desde entonces, la reacción ha sido casi siempre la misma: una ceja levantada y una pregunta que llega en tres versiones. ¿Para qué? ¿Con qué motivación? ¿Y para ir adónde, si Rusia está más castigado que nunca?
Son preguntas razonables, y merecen una respuesta que no sea un encogimiento de hombros. Como internacionalista, creo que la respuesta empieza justo donde la duda: en la distancia que hay entre un Estado y la civilización que lo habita.
Un país que es mucho más que su Gobierno
La historia rusa se ha contado tantas veces desde la caricatura (zares crueles, comisarios grises, oligarcas con yates) que se olvida lo esencial: pocas culturas han influido tanto en el pensamiento y el arte universales.
Sin la literatura rusa no entenderíamos la novela moderna. Tolstói, Dostoievski, Chéjov, Gógol o Bulgákov exploraron el alma humana con una profundidad que sigue interpelando siglo y medio después. Sin Chaikovski, Stravinski o Shostakóvich el siglo XX musical sería otro. Y la ciencia debe a Rusia desde la tabla periódica de Mendeléyev hasta la carrera espacial que llevó a Gagarin a la órbita.
Hay además una paradoja que a cualquier internacionalista debería fascinarle: la mejor cultura rusa se ha escrito, muchas veces, contra el poder. Pushkin lidió con la censura zarista. Solzhenitsyn y Sájarov desafiaron a la Unión Soviética. Hoy, Memorial, galardonada con el Nobel de la Paz en 2022, o medios como Meduza, que trabaja desde el exilio en Riga, mantienen viva una tradición de pensamiento crítico en ruso. Estudiar la lengua es, también, poder leer y escuchar a esa Rusia que discrepa.
Una llave para Europa del Este
Dejemos por un momento la épica y hablemos de pragmatismo. El ruso es una de las seis lenguas oficiales de Naciones Unidas y lo hablan, entre nativos y segundas lenguas, más de 250 millones de personas según las estimaciones habituales. Es, con diferencia, la lingua franca del espacio postsoviético.
Eso significa que sirve en lugares donde ni siquiera se piensa en Rusia como destino. En Kazajistán y Kirguistán es lengua cooficial; en Bielorrusia, también. Es el idioma que conecta entre sí a las repúblicas del Cáucaso y Asia Central, y sigue siendo lengua cotidiana de amplias minorías en Letonia y Estonia. Incluso en Ucrania, donde millones de ciudadanos crecieron hablando ruso, la guerra ha acelerado un giro hacia el ucraniano que merece ser entendido, no ignorado, y para entenderlo hay que conocer ambas lenguas.
Aquí está, quizá, el argumento más estratégico. Europa del Este no se entiende bien sin el ruso, ni siquiera para quien quiera entenderla desde la distancia crítica. Durante siglos, las lenguas eslavas han dialogado entre sí y con el ruso: quien aprende su gramática, su alfabeto cirílico y su léxico adquiere una base que facilita el acceso al polaco, al checo, al búlgaro o al serbio, y comprende mejor las memorias, los resentimientos y las lealtades de toda una región.
En un momento en que la Unión Europea debate su ampliación hacia el este y los Balcanes, y en que la seguridad europea se redefine en torno a esa frontera, hay pocas competencias más valiosas que entender cómo piensan, cómo hablan y cómo recuerdan los países de esa franja. Un diplomático, un periodista o un analista que domine el ruso lee las fuentes primarias, no las traducciones de las traducciones.
¿Y el castigo?
Es verdad que hoy Rusia está aislada, sancionada y, para muchos viajeros, inaccesible. Pero las lenguas no se aprenden para una coyuntura, se aprenden para décadas. Dentro de diez, veinte o treinta años, las circunstancias serán otras, y quien haya cultivado su ruso podrá hablar con quienes hoy están en el exilio, con quienes sigan allí y con quienes vendrán después.
Hay, además, un argumento de fondo: las sanciones castigan al régimen; no deberían condenar al olvido a una cultura. Aislar un idioma, borrar a un compositor de un cartel o dejar de leer a un novelista porque comparte pasaporte con un agresor no debilita al agresor, solo empobrece a quien renuncia.
Entender no es justificar
En RR.II. me enseñaron que comprender al adversario es el primer paso para disuadirlo, negociar con él o derrotarlo. Lo contrario, la ignorancia voluntaria, ha producido más de un error estratégico en la historia europea y mundial.
Por eso mi respuesta a quienes preguntan «¿para qué?» es doble. Aprendo ruso porque me fascina una cultura inmensa que no cabe en un titular. Y lo aprendo porque, ahora más que nunca, hace falta gente que entienda ese mundo sin simplificarlo ni idealizarlo, capaz de condenar la guerra y leer a Chéjov en el mismo día.
Porque, al final, una lengua no pertenece a quien gobierna, sino a quien la habla, la escribe y la hereda. Y renunciar a ella, en el peor momento, sería regalarle al poder lo único que nunca fue suyo.