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Malpensa, Berlusconi y el país que no suelta su pasado

Malpensa, Berlusconi y el país que no suelta su pasado

La semana pasada, en la Terminal 1 de Malpensa, se descubrió una placa. Allí estuvieron el presidente del Senado, Ignazio La Russa, el vicepresidente y ministro de Transportes, Matteo Salvini, y el presidente de Lombardía, Attilio Fontana, entre otros. Desde ese día, el primer aeropuerto del norte de Italia lleva oficialmente el nombre de Silvio Berlusconi.

La noticia puede parecer una anécdota de toponimia. A mí me parece una radiografía. Porque un país decide muchas cosas con su nomenclatura: a quién coloca en la puerta de entrada y qué historia quiere que vean los que llegan.

Tres años para poner un nombre

El proceso no fue improvisado. El Consejo Regional de Lombardía aprobó el 20 de junio de 2023, a pocos días de la muerte de Berlusconi, una moción para estudiar la dedicatoria del aeropuerto a su memoria. En julio de 2024, la autoridad de aviación civil dio luz verde y Salvini lo celebró como un acto en memoria de su amigo Silvio, «un gran empresario, un gran milanés y un gran italiano». Entonces se activó una ola de oposición, con una petición que superó las 120.000 firmas, y el alcalde de Milán, Beppe Sala, ya había frenado antes un intento similar con Linate.

En abril de 2026, el tribunal administrativo regional rechazó los recursos del Ayuntamiento de Milán y de varios municipios del Varesotto, y despejó el camino. La placa era solo el último paso de una decisión administrativa que resistió a las protestas, a los recursos y al paso del tiempo.

El hombre en la puerta

Seamos justos con el homenajeado, porque la crítica solo vale si parte de la realidad. Berlusconi fue tres veces presidente del Consejo, construyó un imperio mediático que cambió para siempre la televisión italiana y llevó a su país a ocupar un papel visible en la escena internacional. Fue el anfitrión de la cumbre OTAN-Rusia de Pratica di Mare en 2002 y cultivó una cercanía personal con Putin que hoy se mira con otros ojos. Sus defensores sostienen, con argumentos, que representó una forma de ambición y de apertura al mundo. El comisario de la autoridad aeroportuaria lo calificó el día de la ceremonia como alguien capaz de anticipar los tiempos y proyectar Italia en el mundo.

Pero el currículum completo incluye otras cosas: una condenación firme por fraude fiscal en 2013, que le costó el escaño en el Senado, y el caso Ruby, del que salió absuelto pero que dejó una imagen del poder difícil de separar de su figura. Es, de lejos, la figura más divisiva de la Italia contemporánea. Y es precisamente esa división la que se ha decidido no tener en cuenta a la hora de bautizar una infraestructura que es de todos.

El pasado que no se va

Italia es un país moderno, de eso no hay duda. Pero su modernidad convive con un pasado que sigue muy presente en el debate público, y no siempre se afronta con la misma franqueza con que se celebra. La prueba más evidente es la memoria del fascismo. Italia nunca hizo un ajuste de cuentas comparable al de otros países europeos. La amnistía de 1946 cerró pronto la puerta a depuraciones profundas, y la herencia material del régimen sigue en pie: el obelisco del Foro Itálico todavía lleva grabado «Mussolini Dux», y Predappio, su pueblo natal, continúa recibiendo peregrinaciones cada año. No es una anécdota, es una relación aún sin resolver con una parte de la propia historia.

El mismo patrón se repite en la política. Con 80 años, Sergio Mattarella fue reelegido presidente de la República en 2022 porque los partidos no lograron ponerse de acuerdo en un sucesor. Y Berlusconi, a sus 86, seguía siendo senador cuando murió. Una cultura política que gira alrededor de las mismas figuras durante décadas no es solo una cuestión generacional: es una manera de entender el poder como algo que se hereda, no que se renueva.

Mientras tanto, cada año decenas de miles de jóvenes italianos hacen las maletas y se marchan a Londres, Berlín, Ámsterdam o París. Se van a un mundo donde las oportunidades no dependen de a quién se conoce. El país que homenajea a sus próceres con aeropuertos expulsa en silencio a quienes tendrían que construir el siguiente.

Hace unos meses escribía en este blog sobre el poder blando y la diplomacia cultural. Italia es, quizá, el caso más extremo de una potencia cultural que vive de su pasado: del Renacimiento, de Roma, de Pompeya. Es un capital inmenso, pero tiene una trampa: cuando el pasado es tan brillante, la tentación de convertirlo en refugio es enorme. Es más cómodo venerar lo que fue que arriesgarse a imaginar lo que podría ser.

Lo que dice una placa

No creo que Malpensa vaya a cambiar la vida de nadie. La mayoría de los viajeros seguirá diciendo «Malpensa» y punto, igual que en Roma se sigue diciendo «Fiumicino» aunque el aeropuerto lleve el nombre de Leonardo da Vinci. Pero lo que una sociedad decide conmemorar dice más de ella que lo que se limita a recordar. Una placa no es neutral: señala a quién se quiere ver en el centro de la historia y a quién se deja fuera.

Y aquí es donde el contraste resulta revelador. Venecia recibe al viajero con el nombre de Marco Polo, Pisa con el de Galileo, Parma con el de Verdi. Son nombres que han superado la prueba del tiempo, figuras cuyo legado ya no se discute y que representan lo mejor que el país ha dado al mundo. Malpensa, en cambio, ha elegido a un político y empresario fallecido hace apenas tres años, cuya figura sigue generando división, y no solo entre la izquierda y la derecha, sino también dentro de la propia ciudad que lo vio nacer.

Italia es un país extraordinario, y quizá por eso incomoda verlo tan atado a sus fantasmas. Tiene el patrimonio, el talento y la historia para presentarse al mundo con una imagen que no necesite justificarse. La modernidad no consiste en tener aeropuertos nuevos, sino en atreverse a soltar lo que ya no sirve. Al final, un país no se mide por los nombres que da a sus puertas, sino por lo que deja pasar por ellas, y por quienes se marchan.

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