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China y el Sur Global: una alianza táctica o un nuevo imperialismo encubierto

China y el Sur Global: una alianza táctica o un nuevo imperialismo encubierto

Hay una imagen que se repite con sospechosa regularidad en los últimos quince años: un presidente africano, latinoamericano o del Sudeste Asiático estrechando la mano de un funcionario chino frente a una maqueta reluciente —un puerto, una autopista, una presa— mientras los flashes capturan el momento para la historia. El titular siempre es el mismo: cooperación, desarrollo, asociación estratégica. Lo que rara vez aparece en la foto es el contrato.

Y en ese contrato está todo.

La narrativa que lo cambió todo

Cuando Xi Jinping lanzó formalmente la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative, BRI) en 2013, el mundo en desarrollo escuchó algo que llevaba décadas esperando: una potencia dispuesta a financiar lo que Occidente no quería tocar. Sin condicionalidades democráticas. Sin exigencias de transparencia. Sin el FMI mirando por encima del hombro.

El mensaje era seductor y, hay que reconocerlo, políticamente inteligente. China se posicionó no como potencia hegemónica sino como hermano mayor del Sur Global, invocando su propio pasado colonial, su historia de humillaciones y su ascenso desde la pobreza. Nosotros también estuvimos donde estáis vosotros, venía a decir Pekín. Y mirad ahora.

La retórica de la cooperación Sur-Sur —ese concepto que nació en Bandung en 1955 con la promesa de un mundo multipolar y descolonizado— fue resucitada con una habilidad narrativa que habría hecho sonrojar a cualquier departamento de relaciones públicas occidental. China no era un donante. Era un socio. No había jerarquía. Había beneficio mutuo.

Pero las narrativas, por bien construidas que estén, acaban chocando con la realidad de los números.

La trampa de la deuda: cuando el socio se convierte en acreedor

Zambia, 2021. El país se convierte en la primera nación africana en caer en default durante la pandemia. Una parte significativa de su deuda externa —estimada en torno al 30-40% según diversas fuentes— está en manos chinas, principalmente del Banco de Exportaciones e Importaciones de China (Eximbank). Las negociaciones de reestructuración se prolongan durante años. Pekín, a diferencia de los acreedores occidentales agrupados en el Club de París, no opera bajo los mismos marcos de transparencia ni de coordinación multilateral.

Sri Lanka es el caso que todo el mundo cita —quizás demasiado, porque ha devenido en cliché— pero no por ello deja de ser revelador. El puerto de Hambantota, financiado con préstamos chinos a tasas de interés no exactamente solidarias, acabó siendo arrendado a una empresa estatal china por 99 años cuando Colombo no pudo hacer frente a los pagos. Noventa y nueve años. El mismo intervalo que duró el arrendamiento colonial de Hong Kong. La ironía histórica es tan densa que casi duele.

Ecuador, Angola, Etiopía, Pakistán, Montenegro: la lista de países atrapados en ciclos de deuda con acreedores chinos crece con una cadencia que debería despertar más alarma de la que genera.

¿Es esto una estrategia deliberada? Aquí es donde el análisis honesto se complica.

El debate que Occidente no debería ganar tan fácilmente

Conviene frenar antes de caer en la trampa simétrica: convertir toda crítica a China en una vindicación del orden liberal occidental.

Porque Occidente tiene sus propios cadáveres en el armario —y son muchos, y están muy bien documentados. Los programas de ajuste estructural del FMI en los años ochenta y noventa devastaron economías enteras bajo la égida de la good governance. Las inversiones francesas en el África francófona nunca fueron precisamente un modelo de desinterés. Y la arquitectura financiera internacional que tanto defiende Washington fue diseñada en Bretton Woods, en 1944, cuando la mayoría de los países del Sur Global ni siquiera existían como Estados independientes.

Dicho esto, que Occidente haya sido imperial no exonera a China de serlo también. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, y la intelectualidad crítica del Sur Global —desde Achille Mbembe hasta economistas como Ndongo Samba Sylla— lleva años señalando exactamente eso: que el problema no es quién ocupa el centro del sistema, sino la lógica extractiva del sistema mismo.

Lo que Belt and Road produce —y lo que no produce

Hay que ser rigurosos. La BRI ha construido cosas reales. Carreteras que conectan regiones antes aisladas. Plantas de energía que han reducido apagones. Puertos que han aumentado el comercio regional. Negar esto sería deshonesto y, francamente, paternalista: como si los gobiernos receptores fueran actores pasivos incapaces de evaluar sus propios intereses.

Pero hay patrones estructurales que emergen con suficiente consistencia como para no poder atribuirlos a la casualidad.

Primero, los contratos de la BRI favorecen sistemáticamente a empresas y trabajadores chinos sobre la mano de obra local. Un estudio de AidData de la Universidad William & Mary —que analizó más de 100 contratos de préstamos chinos en 30 países— reveló cláusulas que priorizan la contratación china, exigen cuentas de garantía en bancos chinos y, en algunos casos, incluyen disposiciones de confidencialidad que impiden a los gobiernos revelar los términos al público.

Segundo, la infraestructura financiada tiende a facilitar la extracción de recursos naturales hacia China más que a desarrollar cadenas de valor locales. Se construyen puertos donde antes había minas o campos petrolíferos. Ferrocarriles que van desde el interior hacia la costa. La geografía de las inversiones habla sola.

Tercero, y esto es quizás lo más políticamente significativo: China ha sabido convertir la dependencia económica en capital político. Los países más endeudados con Pekín tienen una llamativa tendencia a abstenerse —o a votar a favor de China— en resoluciones de Naciones Unidas sobre derechos humanos en Xinjiang o sobre el estatus de Taiwán. La correlación no prueba causalidad, pero tampoco es inocente.

El Sur Global no es un bloque, y eso importa

Uno de los errores más comunes del análisis geopolítico es hablar del Sur Global como si fuera un actor monolítico con intereses homogéneos. No lo es.

India lleva años construyendo su propia narrativa de liderazgo del sur, parcialmente como contrapeso a China. Brasil, bajo diferentes gobiernos, ha oscilado entre la asociación estratégica con Pekín y la desconfianza abierta. Los países del ASEAN han desarrollado lo que los académicos llaman hedging —una estrategia de cobertura que consiste en mantener relaciones con todas las potencias sin comprometerse en exceso con ninguna.

Y dentro de África, las voces críticas hacia China son mucho más frecuentes de lo que los medios occidentales —que tienden a presentar el continente como víctima pasiva— suelen reflejar. En Zambia, en Nigeria, en Kenya, hay debates públicos encendidos sobre las condiciones de los préstamos chinos, sobre el trato a los trabajadores locales, sobre la opacidad de los contratos. Son debates que merecen más atención que el relato simplificado de China colonizando África.

¿Qué significa esto para el orden internacional?

Aquí llegamos al núcleo de la cuestión, el que de verdad debería ocupar a los especialistas en relaciones internacionales más allá del ruido mediático.

El ascenso de China como actor global no es simplemente el reemplazo de una hegemonía por otra. Es un desafío a la arquitectura normativa del orden liberal —los mecanismos de resolución de disputas, los estándares laborales y medioambientales, la transparencia en contratación pública— que, con todos sus defectos y su aplicación selectiva, al menos existían como referencia.

Lo que China está construyendo con la BRI es un orden paralelo. No necesariamente mejor ni peor en abstracto, pero sí radicalmente menos transparente, menos sujeto a escrutinio multilateral y más dependiente de relaciones bilaterales asimétricas donde Pekín siempre tiene más poder negociador que su contraparte.

Desde la teoría de relaciones internacionales, esto se parece menos a la cooperación Sur-Sur del espíritu de Bandung y más a lo que Robert Gilpin llamaría hegemonía benigna con características propias: una potencia que organiza el sistema internacional según sus intereses, ofreciendo bienes públicos reales pero extrayendo rentas políticas y económicas a cambio.

El problema no es que China sea malvada. Las potencias no son malvadas: son actores racionales que persiguen sus intereses. El problema es que el Sur Global merece socios —todos los socios, incluido Occidente— que no reproduzcan las mismas estructuras de dependencia que prometían superar.

La pregunta que queda

¿Es la BRI una alianza táctica o un nuevo imperialismo encubierto?

La respuesta honesta es que es las dos cosas, dependiendo del contexto, del país, del contrato específico y del momento político. Lo que no es, definitivamente, es lo que su narrativa oficial proclama: una relación entre iguales guiada por el beneficio mutuo y el respeto a la soberanía.

Los países del Sur Global no necesitan que Occidente los salve de China, del mismo modo que no necesitaban que China los salvara de Occidente. Lo que necesitan —lo que llevan décadas necesitando— es un sistema financiero internacional que no los ponga sistemáticamente en posición de elegir entre deudores de Washington o deudores de Pekín.

Mientras eso no cambie, la fotografía seguirá siendo la misma: el apretón de manos, la maqueta reluciente, el titular sobre cooperación.

Y el contrato, fuera de plano.

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